En Aguadas el amanecer no rompe: se descorre, como una cortina de neblina que deja ver, poco a poco, las tejas de barro y los balcones florecidos. A esa hora en que el café humea y el viento baja frío desde la montaña, alguien rasguea un tiple detrás de una ventana entreabierta. No es ensayo todavía, es presagio. La ciudad de las brumas ya se prepara para abrir la convocatoria del 35 Festival Nacional del Pasillo, ese rito mayor que cada año la devuelve a su centro: la música y la danza.
Aquí el pasillo no es solo un género; es una manera de caminar la vida. Se oye en los corredores amplios, en la cadencia de las palabras, en el saludo pausado del vecino. Pero también se ve: en el giro elegante de una falda, en el trazo firme del zapato sobre el suelo, en la coreografía que convierte cada compás en movimiento. En Aguadas, el pasillo se interpreta y se baila con la misma devoción.
Aún no se ha abierto oficialmente la convocatoria y ya se siente el movimiento. En la Casa de la Cultura afinan detalles, revisan fechas, alistan reglamentos para intérpretes y para grupos de danzas que presentarán coreografías de pasillo. En las escuelas de música, los maestros repasan repertorios y aconsejan a sus alumnos sobre la obra que llevarán al escenario. En los salones de ensayo, los directores de danza marcan tiempos, corrigen posturas y sincronizan pasos con la precisión de un reloj antiguo.
El 35 Festival Nacional del Pasillo rendirá homenaje a los hermanos Hernández, nombres que en Aguadas se pronuncian con reverencia. Su legado —hecho de cuerdas pulsadas con delicadeza y composiciones que aún estremecen— es parte de la memoria viva del municipio. Cada acorde que suene y cada coreografía que se despliegue sobre el escenario será también una conversación con su herencia artística.
Por estos días, la noticia de la próxima apertura de la convocatoria corre de boca en boca. Los hoteles empiezan a recibir llamadas de músicos y directores de danza que preguntan por disponibilidad. Los sastres desempolvan moldes para trajes de gala y vestidos amplios que girarán al ritmo del pasillo. Los lutieres revisan clavijas y barnices; las modistas ajustan encajes y cintas. Todo es expectativa.
En el parque principal, bajo la mirada serena de las montañas, los mayores evocan festivales pasados. Recuerdan duetos que arrancaron aplausos cerrados y también aquellas presentaciones de danza en las que el público contuvo el aliento ante la armonía perfecta entre música y movimiento. “El pasillo tiene eso”, comenta un comerciante que ha visto pasar tres décadas de festival desde su tienda. “Puede hacer llorar con un requinto… o con un giro bien hecho”.
La convocatoria, que en breve será anunciada oficialmente por la organización, abrirá sus puertas a solistas, duetos, tríos y estudiantinas de todo el país, pero también a grupos de danza que, a través de coreografías cuidadosamente construidas, narran historias de tradición y pertenencia. Aguadas volverá a ser punto de encuentro para quienes entienden que en el pasillo caben la nostalgia y la esperanza, la despedida y el reencuentro, ya sea en la cuerda vibrante o en el paso cadencioso.
Más allá de la competencia, lo que se prepara es una celebración colectiva. Las fachadas serán engalanadas, las banderas ondearán en los balcones y el aire se llenará de esa mezcla inconfundible de café recién colado y expectativa. Los niños aprenderán que el festival no es un evento aislado, sino parte de la identidad de la ciudad. Que así como el sombrero aguadeño protege del sol y el pionono endulza la tarde, el pasillo —cantado o bailado— resguarda la memoria.
En los ensayos musicales, las manos jóvenes buscan la precisión; las manos curtidas, la profundidad. En los ensayos de danza, los cuerpos jóvenes persiguen la sincronía; los más experimentados, la expresión. Una directora coreográfica explica que cada homenaje a los hermanos Hernández es también una puesta en escena del sentimiento. “No basta con marcar el paso”, dice mientras detiene la música. “Hay que contar lo que el pasillo dice”.
La bruma cae otra vez al atardecer y envuelve a Aguadas con su manto leve. Desde distintos puntos del municipio se escapan acordes sueltos y también el eco rítmico de zapatos que ensayan. Es como si la ciudad respirara compases. Como si cada calle empedrada guardara un escenario invisible esperando ser iluminado.
Cuando la convocatoria se abra oficialmente, comenzará la cuenta regresiva. Llegarán partituras y propuestas coreográficas desde distintos rincones del país; se multiplicarán los ensayos; crecerán los nervios y las ilusiones. Y Aguadas, fiel a su historia, se vestirá de gala para recibir a quienes creen que el pasillo sigue diciendo cosas necesarias, ya sea a través de una voz afinada o de una coreografía que lo interprete con elegancia.
En la ciudad de las brumas, donde el sombrero aguadeño es símbolo y el pionono tradición, el 35 Festival Nacional del Pasillo no será solo un número más en la cronología cultural. Será la confirmación de que la música y la danza —esa herencia que los hermanos Hernández ayudaron a engrandecer— continúan vivas, latiendo en cada cuerda y en cada paso que se atreve a marcar el compás. Porque aquí, cuando suena un pasillo, no solo se escucha: también se baila, y en ese diálogo entre sonido y movimiento se reconoce el alma entera de Aguadas.